En un contexto de enfriamiento económico general, la carne vacuna sorprende y muestra una recuperación notable. El consumo de este alimento en Argentina ha superado los 50 kilos por habitante en los últimos doce meses, lo que representa un crecimiento del 5,6% respecto al año anterior, según datos de la Secretaría de Agricultura.
Este repunte contrasta con la situación de un año atrás, cuando el consumo de carne vacuna había tocado un mínimo histórico de 42 kilos. La explicación, según el Instituto de la Carne Vacuna (Ipcva), reside en una combinación de factores: la caída de las exportaciones y el sostenimiento de la faena. En los primeros seis meses del año, las exportaciones se desplomaron un 19%, lo que dejó un mayor volumen de carne disponible en el mercado interno, permitiendo una oferta más robusta para el consumo local.
A pesar de que los precios de la carne no han caído, sino que incluso subieron un 1,3% en julio, la demanda se ha mantenido firme. Cortes como la falda y la picada común registraron aumentos significativos, mientras que otros como el asado de tira se mantuvieron estables.
Según un informe de Rosgan, este fenómeno se explica por la recuperación del poder adquisitivo de una parte de la población. Mientras que la Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (Ripte) se incrementó un 62,5% en el último año, la inflación acumulada fue del 39%. Esta diferencia ha permitido que, para una porción de los consumidores, el poder de compra se haya recuperado, lo que se refleja en un mayor gasto en carne vacuna, que creció un 61% interanual, en línea con la evolución de los salarios.
La recuperación de la demanda de carne vacuna parece ser un reflejo de que, a medida que la inflación se desacelera, los consumidores destinan una mayor parte de sus ingresos a este alimento, que es un pilar histórico de la dieta argentina. La gran incógnita ahora es si esta tendencia se mantendrá y hasta qué punto el consumidor seguirá convalidando los precios actuales sin que la demanda se resienta.