El glamour y la pompa que asociamos con las cortes reales de Europa ocultan un secreto menos brillante: una aversión generalizada al baño y a la higiene personal. Contrario a la creencia popular, no fue solo en el Medioevo donde la limpieza personal fue escasa, sino que la desconfianza hacia el agua se extendió hasta bien entrada la Edad Moderna, con monarcas que alcanzaron la fama por su desaliño. Figuras emblemáticas como el “Rey Sol”, Luis XIV de Francia, se convirtieron en un símbolo de un hábito que hoy nos parecería impensable.
La aversión al agua de Luis XIV
El monarca francés Luis XIV, que gobernó en el siglo XVIII, es el ejemplo más notorio de esta aversión. Según estudios, el “Rey Sol” creía que el baño con agua era nocivo para la salud, una aversión que se sostenía con la creencia de que el agua abría los poros, haciendo al cuerpo más vulnerable a las enfermedades. Su solución para el mal olor era el perfume. El monarca se frotaba con paños secos y usaba grandes cantidades de fragancias para disimular su falta de higiene. La historia, en este caso, es más una anécdota que una realidad: se dice que Luis XIV solo se bañó dos o tres veces en su vida.
Felipe V y la monarquía que olía mal
Otro caso documentado es el del primer Borbón, Felipe V de España, quien, en sus últimos años de vida, fue conocido por su aversión a la higiene. El rey, que padecía de problemas de salud mental como la demencia y la depresión, llegó a pasar días enteros sin cambiarse de ropa ni lavarse. Según los relatos, los embajadores y diplomáticos que tenían audiencias con el monarca temían el encuentro, ya que “despedía un olor nauseabundo”, y en una ocasión recibió a un diplomático vestido con un “sucio y maloliente camisón” que le dejaba las piernas al aire.
Las excepciones a la regla: el caso de Isabel I
A pesar de la aversión de muchos monarcas a la higiene personal, hubo excepciones. La reina Isabel I de Inglaterra es un caso notorio. A diferencia de sus contemporáneos, la monarca era conocida por su higiene personal. Se dice que se bañaba al menos una vez al mes, una frecuencia impensable para la época, que demostraba su preocupación por la limpieza y su salud. Su hábito, que la distinguía de otros monarcas, es una prueba de que incluso en la realeza, la higiene personal era una elección y no una norma.