Jonathan, un joven que vivió seis meses bajo tierra en una mina de oro abandonada en Sudáfrica, relata un calvario invisible para muchos: la violencia sistemática contra adolescentes, algunos reclutados como mano de obra barata y otros específicamente destinados a la esclavitud sexual.
En las minas, controladas por bandas criminales, los menores —la mayoría extranjeros— enfrentan abusos constantes. Los adultos los violan, prometiéndoles parte del oro obtenido a cambio de sexo, o los someten como castigo si no cumplen con tareas. Esta explotación, cuentan testimonios recogidos por BBC, afecta profundamente la salud emocional y la confianza de los niños, muchos de los cuales llegan sin entender su destino.
La policía y las autoridades sociales han hecho esfuerzos para rescatar menores, como en Stilfontein, donde 31 niños fueron liberados. Sin embargo, la minería ilegal sigue prosperando, con miles de minas abandonadas disponibles para la explotación ilícita, manteniendo a estos menores en un riesgo constante de violaciones y explotación.
Activistas denuncian que estas prácticas son un mercado subterráneo, con proxenetas que lucran con la venta de la infancia y juventud. El silencio y el miedo impiden a muchas víctimas denunciar, perpetuando un ciclo devastador.
El informe llama a la urgencia de mayor regulación, control y protección anti-trata para evitar que estos escenarios de horror sigan expandiéndose en las sombras de la minería ilegal.