Dos años después, cuando Mirta cumple 12 años se casa con su abusador, el padre de Robertito. Néstor un jujeño de 22 años, quien logró evitar ser encarcelado por los delitos de estupro y abuso sexual infantil al convencer a la familia de Mirta para que aceptara un matrimonio cuando ella cumpliera 12 años.
Néstor, quien fue la marca de fuego durante toda la vida de Mirta, alcohólico y maltratador condenó a Mirta a una vida basada en la violencia, mientras toda una sociedad reproducía morbosamente la historia del “milagro” de Robertito, quien fue hijo de una violación a una menor de edad a la cual se le dio la espalda en todos los aspectos posibles.
Con el pasar de los años Mirta, logró separase de Néstor. Su cuerpo se rindió joven ya los 40 años, Mirta falleció.
El médico y la enfermera, fallecieron pero Robertito, quien hoy tiene 54 años, estuvo en contacto con ellos hasta último momento.
Este caso expone de forma cruda cómo las violencias estructurales se entrelazan: la ausencia de un marco legal que proteja a la infancia y el derecho reproductivo, la ausencia de una justicia efectiva, y la opresión moral que criminaliza y estigmatiza a las víctimas, encarcelándolas en un ciclo de sufrimiento silenciado.
La memoria de Mirta debe de servirle a la sociedad para desandar las opresiones impuestas por la iglesia y la moral cristiana. La virilización y protección de las infancias frente a la violencia sexual y reproductivas, la defensa irrestricta del derecho al aborto, y una justicia reparadora para las víctimas son esenciales para garantizar que ninguna niña sea castigada por el solo hecho de ser víctima y mujer.