La decisión de Trump de imponer un arancel del 50% a las importaciones brasileñas no solo responde a acusaciones de supuestas prácticas comerciales desleales, sino también a una evidente tensión política. El presidente estadounidense ha denunciado lo que califica como una “caza de brujas” contra el expresidente Jair Bolsonaro, quien enfrenta un proceso judicial por planear un golpe de Estado.
A pesar de los aranceles, algunos sectores clave para la economía brasileña, como la exportación de jugo de naranja concentrado y la industria aeronáutica, en la que se destaca la empresa Embraer, quedaron exentos de las represalias. Esto deja en evidencia que la guerra comercial no tiene como único objetivo la economía, sino que también busca ejercer presión política sobre el gobierno de Lula da Silva. La respuesta de Brasil, por lo tanto, no es solo comercial, sino un intento de defender su soberanía y su capacidad de decidir sobre sus asuntos internos sin la injerencia de potencias extranjeras.