Virus culturales

Las ideas culturales actúan como virus que se replican en las mentes humanas, influyendo en la forma en que comprendemos y comunicamos la realidad. Este fenómeno, explicado desde la filosofía y las ciencias cognitivas, afecta tanto la vida individual como la social, y se potencia con la tecnología y los medios.

Imagen Ilustrativa
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por Osvaldo Dallera
Lic. en sociología y profesor de filosofía


En los últimos meses hemos leído y escuchado hablar con insistencia del concepto “parásitos mentales” con el propósito de adjudicarle a la noción cierta intencionalidad proveniente de agentes ideológicos cuyo ánimo y objetivo es infestar las mentes ajenas con pensamientos malignos y equivocados. Hay que decir que la idea no es nueva ni original, y que es posible encontrar una explicación menos ideológica y mejor argumentada desde los campos de la filosofía, las ciencias cognitivas y el evolucionismo.

Para comprender mejor de qué se trata el asunto, conviene retroceder un poco y partir de un problema que, podríamos decir, nació con la filosofía: se trata del problema de saber qué es la realidad.

En general, hay acuerdo entre filósofos, semiólogos y cognitivistas en que existen dos grandes tipos de realidad: por un lado, la realidad real que, para simplificar un poco las cosas, diremos que es la realidad que está afuera de la cabeza de cada uno de nosotros; por otro lado, está la realidad significativa, que es aquella realidad que cada individuo tiene adentro de su cabeza y que usa, principalmente, para entender, para asignarle sentido a todo lo que hay y para comunicarse incluso sobre cosas y hechos que están afuera de su cabeza, es decir, sobre la realidad real.

Por supuesto, hay relación entre las dos, pero de ningún modo esa relación es de identidad o implica una réplica o reproducción exacta de la realidad real por parte de la realidad significativa. Mientras que la realidad real, tal como es, permanece siempre inaccesible en su totalidad para el conocimiento, el entendimiento y la posibilidad de comunicar sobre ella (conviene recordar a Gorgias), la realidad significativa es la que, en definitiva, hace posible todas esas capacidades para garantizar la continuidad del funcionamiento de la sociedad.

En pocas palabras, cada cual entiende y se comunica a partir de la realidad significativa que tiene en su cabeza, que es siempre parcial y perspectivista, y que, en cierto modo, para que eso sea posible debe tener un aire de familia con la realidad significativa que habita en la cabeza de los demás que comparten el mismo universo cultural. De otro modo, la vida social sería imposible. El ejemplo más claro es el del lenguaje compartido por la misma comunidad de hablantes, que usa un mismo vocabulario, pero no siempre las palabras significan lo mismo para uno que para otro.

En el vasto universo de realidad significativa (más vasto incluso que el universo de la realidad real, porque la primera incluye productos de la imaginación e incluso mentiras) habita una variedad de ideas culturales que se destacan por su carácter evolutivo, su poder de penetración, su capacidad para autorreplicarse y su habilidad para pasar de una mente a otra con el único propósito de mantener su propia reproducción. Como dice Dennett, el filósofo cognitivista, “Una vez que los cerebros han abierto las vías de entrada y salida para los vehículos del lenguaje, enseguida se ven atacados por parásitos (en el sentido literal del término…), por unas entidades que han evolucionado precisamente para medrar en ese espacio: los memes”.

En general, los memes, o ideas autorreplicantes, son “virus culturales” que se transmiten como información, operan como parásitos en los sistemas psíquicos de los individuos y se trasladan de una mente a otra montados en diferentes medios materiales. Su supervivencia social depende de su capacidad para infiltrarse en una mente humana y apoderarse de ella, y su éxito está atado a la permanencia en el tiempo en la mayor cantidad de psiques posibles. Como ocurre en el marco de la evolución, los virus culturales con mejor adaptabilidad son los que se mantienen activos por largos períodos en muchas cabezas, mientras que los menos eficaces perecen y desaparecen.

El desarrollo y expansión de los memes se rige por las leyes de la evolución, que es ciega, carece de motivos y no conlleva ninguna finalidad. Un virus cultural solo se interesa por su propia reproducción en la mayor cantidad de mentes posibles. Sin embargo, aunque muchas de esas ideas se transmiten por imitación o contagio, otras son deliberadamente construidas por la “ingeniería memética”. En este último caso, son producidas artificialmente para ser transmitidas por diferentes medios (por ejemplo, contenidos educativos mediante material didáctico, o fake news a través de las redes sociales). En otras palabras, para infestar otras máquinas virtuales los memes requieren de algún soporte físico que los traslade (libros, música, edificios, imágenes, etc.).

La mente humana es un medio propicio para que estas ideas cumplan con su propósito de autorreplicarse, tratando de sortear cualquier obstáculo o sistema inmunológico cultural que pretenda impedírselo (como, por ejemplo, podría ser el saber o el conocimiento que se sostiene mediante argumentos racionales y empíricos). Una vez instaladas en la máquina virtual, estas ideas o virus culturales compiten entre sí para apoderarse de ella y de esa forma poder crear una nueva estructura mental o transformar la existente. Esa mente “inoculada” oficia, a partir de entonces, como nueva base de lanzamiento hacia otras mentes para continuar el proceso de autorreplicación mediante recursos comunicativos. Por eso, no pocas veces se oye a mucha gente repetir una misma estupidez. Sloterdijk nos recuerda que “los sistemas inteligentes dicen a sus usuarios que sólo uno de los dos es un idiota”.

Algunas de estas ideas autorreplicantes o virus culturales son beneficiosas tanto para el individuo como para la sociedad, y son adoptadas y transmitidas de manera consciente. Otras resultan ser nocivas, pero igualmente eficaces en su propósito de multiplicarse y pasar de una mente a otra aprovechando fallas y circuitos inconscientes de instalación y transmisión. Nuestra historia política es un testimonio elocuente de ingeniería memética, rica y prolífica en la generación de memes de esta calaña.

La música también forma parte de la realidad significativa memética. Cuenta Dennett que el músico y compositor Leonard Bernstein y un amigo, viendo la mala calidad de la producción musical imperante, se preguntaron: «¿Por qué no vamos a ser capaces de crear un gran éxito, cuando el nivel está por los suelos?» Y ellos mismos se respondieron: “Decidimos que lo único que teníamos que hacer era tratar de meternos en el cerebro de un idiota y escribir una melodía ridícula para catetos.”

Dentro de este marco, las prótesis tecnológicas (redes sociales), la promoción masiva mediática y vulgarizada de la comprensión emocional (abordar la información desde los afectos), las exigencias del mercado (el deseo de acceder y pertenecer) y los oportunismos políticos (mantenerse en el poder) se constituyen en terreno fértil para el desarrollo de la ingeniería memética, es decir, para la producción artificial de virus culturales con gran capacidad de penetración.

En general, la mayoría de la gente necesita comprender conceptual e intelectualmente la realidad significativa básica para desenvolverse aceptablemente dentro de la sociedad en la que vive (por ejemplo, reconocer el funcionamiento de las luces del semáforo). 

También esa misma gente quiere hacer solo los esfuerzos correspondientes y necesarios para establecer un vínculo independiente entre la realidad real que la afecta en lo inmediato y lo que pasa adentro de su cabeza (formarse una idea y un juicio propio acerca de la pareja que eligió su hijo o hija). 

Todo lo demás que requiere empeños intelectuales adicionales, o que no necesite de un pensamiento personal autónomo (los más progresistas dirían pensamiento crítico) para seguir jugando el juego social sin mayores sobresaltos, puede ser gobernado por los virus culturales incorporados a su aparato psíquico sin que, en apariencia, al individuo le sucedan cosas dignas de reclamar su atención o hacer algún esfuerzo por observar el universo significativo circundante desde otra perspectiva.

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