Leandro Barrales,
Licenciado en composición músical
A comienzos del siglo XX, Arnold Schönberg describía (y casi denunciaba) en su Tratado de armonía la incapacidad del sistema en uso para asimilar y absorber una cantidad de acontecimientos descritos como “excepciones” que solo demostraban que tal sistema estaba en crisis y que, como plantea Kuhn en la teoría de los paradigmas, cuando el sistema vigente deja de poder responder preguntas que surgen por el devenir y la progresión de acontecimientos dentro de nuevos contextos, es necesaria la aparición de un nuevo sistema.
Para tamaña empresa, es necesario profundizar en los conflictos no resueltos, comprenderlos en toda su dimensión y luego ofrecer un camino que contemple, como principal objetivo, abrazar a las nuevas preguntas ofreciendo respuestas contundentes, cargadas de sentido.
Es a partir de este punto, y ya no en el mismo Tratado de armonía, sino 20 años después, que Schönberg, probablemente uno de los músicos más conscientes de su importancia histórica (y principalmente de la historia de la música alemana), muestra al mundo su respuesta al desgaste del sistema armónico: el dodecafonismo.
En la última de las Cinco piezas para piano Op. 23, ofrece el uso del total cromático (los 12 sonidos disponibles de la música temperada), ordenados de forma serial, es decir, una serie dodecafónica, uso que garantizaba la no tonicalización de ningún sonido por sobre otro, una suerte de democracia horizontal que dejaba atrás la absoluta jerarquía de la tónica.
“Aquí empieza la música del futuro”, anunciaba Kandinsky. Y en cierta medida, tenía razón. Si bien el sistema no fue usado por muchos compositores contemporáneos a Schönberg, ni tampoco por mucho tiempo, la aparición del dodecafonismo cambió para siempre características de la tradición e influyó en gran medida en la música de tradición escrita que se desarrolló a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.
En las últimas páginas del Tratado de armonía, Schönberg esboza de forma brillante una idea para reemplazar a la melodía, que, hasta ese punto en la historia de la música, fue el parámetro principal desarrollado por los compositores: el autor propone la sucesión de timbres, otra de las dimensiones y cualidades del sonido.
“¡Melodía de timbres! ¡Qué finos serán los sentidos que perciban aquí diferencias, qué espíritus tan desarrollados los que puedan encontrar placer en cosas tan sutiles!”, decía en una de las fantasías anticipatorias más impactantes de la historia de la música, ya que, solo unas décadas después, compositores como Varèse y Ligeti, entre tantos otros, mostraron al mundo esta fantasía hecha realidad.
Reflexionar sobre la música y la cultura es reflexionar sobre la filosofía, sobre la economía, sobre el desarrollo y el conflicto de las sociedades: las problemáticas son multifactoriales y están entrelazadas en la misma esfera, la esfera del ser humano. Lo que no funciona debe darle paso a un enfoque que resuelva las nuevas (o viejas) problemáticas sin solución. Para esa empresa es menester ahondar en las temáticas y también es necesario postular a personas que, al igual que Arnold Schönberg en su campo, expresen lo mejor que tenemos como sociedades. El destino de nuestro mundo depende de estas decisiones.
Viendo el contexto de inequidad, falta de empatía, agresión discursiva y simbólica ejercida por un sector importante de quienes dirigen los destinos de las naciones, debemos reflexionar como sociedades si realmente estas personas están a la altura de dicha responsabilidad, si son los mejores exponentes de lo que tenemos para ofrecer como especie.
La discrepancia puede ser una posibilidad para una construcción que enriquezca los intereses de todas las partes y no, simplemente, el puntapié inicial para un conflicto interminable que deja o dejará, eventualmente, solo vencidos.