Leonardo Peluso – Periodista
En tiempos de amistosos de fecha FIFA y cuando la mirada sobre el próximo Mundial empieza a afinarse, Brasil, el pentacampeón, vive envuelto en una falsa contradicción tan asombrosa como inédita, y el paralelismo con el drama argentino de la apertura indiscriminada de importaciones brota sin necesidad de agua ni sol. Pasemos a ver este partido.
Hoy Brasil tiene figuras imponentes en todas las grandes ligas del mundo, un torneo local, el Brasileirao de nivel superlativo, poder económico en sus equipos —muchos como sociedades anónimas— y sigue sacando talento hasta de las piedras de los morros. Sin embargo, todo ese oro se convierte en papel mojado cuando la “Verdeamarelha” pentacampeona entra en escena y se le acerca la lupa.
El dato de la Sub 20 eliminada en primera fase es apenas la punta de un ovillo que ya es una madeja llena de nudos y sin la otra punta a la vista. Muestras hay de sobra: 23 años sin jugar una final del mundo, dos Copas América perdidas consecutivamente, un quinto puesto en las actuales eliminatorias tras ser primero en las dos anteriores, y ningún Balón de Oro para un brasileño desde 2007, cuando antes dominaban los Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y Kaká.
La gravedad del asunto llevó a una decisión impensada en otros tiempos: un italiano, Carlo Ancelotti, asumió como entrenador y hasta se trajo a su hijo para que dirija en el Botafogo. La polémica fue tal que hasta el propio Lula, el presidente, opinó enojado. La confederación justificó la elección en la necesidad de un extranjero que sepa manejar los egos, mirando la película del Real Madrid, pero el síntoma quedó desnudo: Brasil ya no confía en Brasil y por eso abrió la importación.
El fenómeno no termina ahí, o mejor dicho, hacía rato que había empezado a acelerar en la ruta de los desatinos. De los 20 equipos del Brasileirao, 9 tienen técnicos extranjeros —5 de ellos argentinos— y en los planteles hay 151 jugadores foráneos. Una liga poderosa, sí, pero cada vez menos parecida a sus históricos estaduales. Como en nuestra economía, la fascinación por lo de afuera acabó siempre debilitando lo de adentro, el ser nacional, la tierra y la historia, acelerando el éxodo que bien lo vio Cafú, histórico lateral mundialista. Cita textual: “Mientras más jugadores brasileños pasen a la Premier League, más chances hay de que pierdan el foco en la formación colectiva de nuestra selección”.
En fútbol y en economía, el exceso de lo ajeno parasita lo propio, lo expulsa y le cambia la ropa. Bien vale emparentar cómo todas esas luces del fútbol local de Brasil —dominador sudamericano— tienen también el lado oscuro de la luna. El mismo costado negro que tienen los celulares y las zapatillas baratas en Argentina. Así que cabe la pregunta del inicio de esta idea: ¿Brasil, decime qué se siente copiar lo peor de nosotros?