por Osvaldo Dallera
Lic. en sociología y profesor de filosofía
Max Weber hizo famosa la distinción entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Simplificando un poco, se ajusta más a la ética de la responsabilidad quien tiene la función de atender y dar cuenta de la gestión de un cargo, un deber o una tarea que se le ha confiado y que, observando las múltiples variables, conflictos y complejidades que encierran las circunstancias a considerar, debe obtener resultados relativamente satisfactorios para la mayoría de los afectados. En pocas palabras, la ética de la responsabilidad, de algún modo, está atada a las acciones de quien debe dar cuenta de sus actos en virtud de la confianza que se le ha delegado.
A la ética de la convicción, en cambio, se ciñen quienes ponen por delante de los efectos o resultados de sus prácticas los principios, fundamentos e ideales que las sostienen e impulsan. En este caso, la responsabilidad jugaría un papel inhibidor de la acción, que requiere hacer y poner por delante del obrar lo que dictan aquellos mandatos.
El tribunal que juzga las acciones guiadas por la ética de la convicción es, en última instancia, la propia conciencia del sujeto, aunque sus cultores también especulan que tendrán algún reconocimiento póstumo por parte de las instituciones-usinas de donde provienen las ideas directrices. Se comprende, de inmediato, que la distinción es típicamente moderna porque responsabilidad y convicción fueron atributos de atmósferas o climas de época que la nuestra ya no cuenta entre sus principales referentes o modelos para ser exhibidos.
Nuestro tiempo, alejado de aquellas veleidades modernas, ha sabido darle cabida a otra forma de autoconducirse que, a falta de mejor nombre, podemos denominar ética del acomodamiento. Es ésta una ética típicamente posmoderna que se guía por la conveniencia pragmática que dejan entrever los beneficios a obtener por haber elegido la ubicación adecuada a los propios intereses o las propias capacidades, en el momento oportuno.
Por eso la ética del acomodamiento es una ética de coyuntura, es decir, vale para el momento en que se pone en uso. Ahora bien, mientras la ocasión reclama unos posicionamientos bien definidos en detrimento de otros, el acomodamiento por parte de quien lo practica exige eliminar los matices. En este sentido, esta ética es, además, una ética monovalente que, al momento de ejecutarla, se instala en el valor que coincide con el que impera dentro del orden que hace lugar al acomodamiento, e impugna en su totalidad cualquier matiz que se le opone.
Se entiende: en este contexto de coyuntura, oportunidad y valor único, quien se dispone a conducirse por los caminos de esta ética habrá previamente ponderado cuáles son los beneficios que persigue, pero también con qué capacidades cuenta para lograr lo que se propone; tanto más cuando sabe que no dispone de lo que hace falta para acceder a la posición que aspira. Si la ambición desmesurada, la ética del acomodamiento resulta apropiada, tanto como si las capacidades para lo que uno se postula están muy por debajo de los requerimientos que exigiría llevar a cabo la tarea sin sometimientos.
Esto, de algún modo, explica la mediocridad que envuelve a buena parte de los liderazgos y las conducciones de nuestra época en los más diversos rubros. Cualquiera de nosotros ha visto alguna vez conducir un organismo o una institución por algún personaje que a las claras evidencia que no está ahí por sus dotes o su formación relacionadas con la actividad que se le ha encomendado. Es posible que en una ocasión como esa el observador se haya preguntado: ¿cómo es posible que haya llegado hasta ahí? La respuesta está en la clave de la ética del acomodamiento: el sujeto en cuestión estuvo dispuesto a casi todo. En efecto, la coyuntura, la axiología monovalente, la ambición desmedida y la carencia de aptitudes requieren de una cierta voluntad por parte de aquellos que abrazan la ética del acomodamiento.
Si los ideales fueron la guía de la ética de la convicción, y la sensatez, el equilibrio, la ponderación y la mesura los rasgos de la ética de la responsabilidad, lo que orienta e impulsa las acciones de quienes cultivan la ética del acomodamiento es el estar dispuesto a casi todo. La relación de esta ética con el estar dispuesto a casi todo puede desprenderse de la definición de acomodamiento que nos brinda el diccionario: “trato o cosa convenida entre la persona que ofrece un servicio y quien la recibe”. Se ofrece acomodamiento a cambio de estar dispuesto a casi todo.
El uso del adverbio “casi” no es antojadizo. La diferencia entre estar dispuesto a todo o a casi todo la determina el beneficio a obtener por parte de quien se amolda a las exigencias de quien le da cobijo. Cuanto más aumenta el beneficio, más disminuye el “casi”. Por lo general, el ofrecimiento o la oportunidad vienen siempre de instituciones u organizaciones que requieren de los servicios de gente que dispone de la voluntad de estar dispuesta a (casi) todo dentro de actividades formalmente legales y legítimas. Por eso, justamente, es posible, en casos así, seguir hablando de ética. Sólo se puede impugnar este modo de proceder si se lo observa con las categorías de la responsabilidad y la convicción propiamente modernas.
Reconocimiento masivo, buena paga o migajas del banquete, en muchos casos, pueden explicar una elección como la que estamos analizando. También, es justo decirlo, el paso del tiempo y del propio “cuarto de hora” en aquello que en su momento fue motivo genuino de reconocimiento, fama y dinero suele oficiar como motivo del estar dispuesto a casi todo. A veces, con pena y pesar, vemos espectros de individuos que están dispuestos a casi todo en el presente porque asumen que no son lo que fueron, y que en su momento fueron reconocidos, incluso admirados por lo bien que hacían su trabajo, con independencia de la retribución a la que estaban sujetos.
Aunque se puede encontrar gente que esté dispuesta a casi todo en diferentes ámbitos, uno de los rubros más expuestos y que más seducen a sus aspirantes a poner en acto esta ética del acomodamiento es el de la actividad política. Por allí circulan sin pudor ni vergüenza muchas personas, sobre todo aquellas que son capaces de poner en práctica ese principio en los medios de comunicación. No sin asombro o, mejor, sin perplejidad, se las ve actuar, se las escucha decir y se las lee cuando opinan en los medios gráficos sin medir los efectos de sus actos, dichos u opiniones que, en ningún caso, se amparan en la convicción (mucho menos en la responsabilidad), sino más bien en el estar dispuestos a casi todo en aras de las exigencias del espacio de pertenencia y, por supuesto, del consecuente beneficio que prodiga la audacia expuesta. No faltará quien esté tentado de atribuirle la práctica de la ética del acomodamiento a un solo color del arco ideológico pero, con poco que uno despabile la mirada, podrá observar que encontramos esta clase de actores en toda la viña.
Por último, hay que dejar constancia de que para estar dispuesto a casi todo y practicar la ética del acomodamiento es necesario imponerle una buena dosis de cinismo al decir y al opinar. Aunque del concepto cinismo se pueden obtener muchas y muy variadas definiciones, la que mejor se ajusta a esta ética y a su fundamento es la que sugiere Sloterdijk: el cinismo es una bajeza bien formulada. Y, como se desprende de lo dicho, para estar a la altura de una costumbre de este orden son necesarias bajezas de gran calibre.