La industria textil argentina se encuentra en un estado de alerta máxima ante lo que sus representantes califican como una invasión sin precedentes de indumentaria proveniente de China. Según datos de la Fundación Pro Tejer, el gigante asiático se ha consolidado como el proveedor dominante del mercado local: siete de cada diez prendas importadas que ingresan al país tienen origen chino. Este fenómeno, impulsado por una combinación de desregulación interna y una agresiva estrategia logística oriental, está generando una crisis profunda que amenaza la supervivencia de la cadena de valor que sostiene a más de 500.000 trabajadores en todo el país.
El crecimiento de la importación china es vertiginoso. En solo tres años, China pasó de explicar la mitad de los despachos textiles a dominar el 70% del total de indumentaria que se compra al exterior. Entre enero y octubre de 2025, las importaciones chinas crecieron un 109%, superando el promedio general. Este volumen de ingreso sin parangón se explica, según los industriales, por la flexibilización aduanera y el desmantelamiento de herramientas comerciales que garantizaban la competencia leal, como los valores criterio para prevenir la subfacturación, y los controles sobre el etiquetado. El efecto es claro: fábricas y talleres locales cierran sus puertas sin que el trabajo argentino pueda competir con precios insostenibles.
La ventaja competitiva china no se basa solo en la escala, sino en una triangulación de beneficios. Por un lado, la indumentaria ingresa al país sin certificaciones de calidad, sin etiquetas completas ni trazabilidad, burlando los controles de composición del producto y de sustancias nocivas. Por otro lado, la proliferación de plataformas digitales chinas (ultrafast fashion) y la desregulación del régimen courier permiten que millones de paquetes lleguen directamente al consumidor sin pagar aranceles, en un esquema diseñado originalmente para envíos de bajo valor. Este mecanismo se potencia por los subsidios estatales chinos al envío internacional, que reducen drásticamente los costos logísticos.
La vulnerabilidad del mercado argentino se magnifica al contrastarla con las tendencias de los países desarrollados. Mientras naciones como Francia, la Unión Europea y Estados Unidos están revirtiendo las flexibilizaciones y aplicando ecoimpuestos (Francia) o eliminando exenciones impositivas (EE.UU.) para frenar la moda ultrarrápida china, Argentina avanza en sentido inverso: elimina controles y exige menos requisitos. México, por ejemplo, aplica un gravamen del 33,5% a los envíos de plataformas digitales sin acuerdo comercial, un modelo que protege activamente a su industria.
Según la Fundación Pro Tejer, la falta de regulaciones pone en riesgo no solo la producción nacional, sino también la red comercial y la salud de los consumidores, al permitir el ingreso masivo de productos sin control de sustancias químicas. La producción textil nacional ya ha reflejado esta crisis con una caída interanual del 24% en octubre, la mayor baja del mes, seguida de cerca por la fabricación de prendas de vestir y calzado. Lo que está en juego es la soberanía productiva del sector, que necesita con urgencia que el Estado implemente mecanismos de comercio leal y fiscalice el origen y la composición de los productos que llenan el guardarropa de los argentinos.