Lo que por décadas fue el símbolo de unión y sencillez en Brasil ha sucumbido ante la grieta ideológica. Las emblemáticas chanclas Havaianas, un calzado que forma parte de la identidad de los 213 millones de brasileños, se han convertido en el nuevo blanco de una campaña de boicot impulsada por sectores vinculados al bolsonarismo. La controversia nació a raíz de un comercial protagonizado por la galardonada actriz Fernanda Torres, cuya invitación a iniciar el 2026 “con los dos pies” —en lugar del tradicional “pie derecho”— fue interpretada por la extrema derecha como una afrenta política y una indirecta hacia los sectores conservadores.
El descontento escaló rápidamente cuando figuras como Eduardo Bolsonaro compartieron videos desechando sus sandalias, argumentando que la marca ha dejado de representar los valores nacionales. La hostilidad también se dirige hacia Torres, quien recientemente obtuvo el Oscar a mejor película extranjera por su papel en una cinta que retrata los crímenes de la dictadura militar brasileña, un tema que genera fricción con los seguidores del expresidente Jair Bolsonaro. Como respuesta, la esfera conservadora ha comenzado a promover el uso de marcas competidoras, intentando etiquetar el consumo de calzado bajo una lógica de “izquierda” o “derecha”.
A pesar del ruido en las redes, el impacto financiero para Alpargatas, la empresa dueña de la marca, fue efímero. Tras una caída inicial del 2% en sus acciones, la firma recuperó su valor y experimentó un crecimiento masivo de seguidores en Instagram, impulsado por una oleada de memes y el respaldo de ciudadanos que consideran absurda la teoría de la conspiración. Analistas sugieren que este ataque a una marca tan querida responde a una búsqueda de relevancia por parte de una dirigencia bolsonarista debilitada, cuyo líder máximo cumple actualmente una condena de 27 años de prisión por intento de golpe de Estado.
Havaianas, que nació en 1962 y llegó a ser protegida por el Estado como producto de primera necesidad, enfrenta ahora el reto de mantener su lema de que “todo el mundo las usa”. Mientras la marca se expande globalmente con colaboraciones de alta costura, en su tierra natal debe navegar aguas turbulentas donde incluso caminar por la playa se ha vuelto un acto de posicionamiento político. La situación refleja la profundidad de una crisis social donde ningún objeto cotidiano parece estar a salvo de la desconfianza y la división.