El complejo aceitero del Paraná se consolida como el más competitivo del mundo

Argentina lidera la industria aceitera global con una capacidad de procesamiento superior a 60 millones de toneladas. Gracias a la Hidrovía y la inversión en puertos privados, el complejo del Paraná industrializa soja regional, exportando harinas y aceites con máxima eficiencia.

Aceite
Foto: Agencia Noticias Argentinas

El ascenso de Argentina como referente en el mercado de oleaginosas no es producto del azar, sino de una transformación estructural que permitió pasar de procesar volúmenes marginales a finales del siglo XX a una capacidad instalada que hoy supera las 60 millones de toneladas anuales. Este salto cualitativo se gestó tras superar las limitaciones de los antiguos sistemas de extracción por presión, que resultaban ineficientes para la soja. El verdadero punto de inflexión ocurrió en la década de 1970, cuando la escasez mundial de proteínas animales, provocada por el colapso de la pesca en el Pacífico, posicionó a la harina de soja como el insumo indispensable para la alimentación de ganado y aves a escala internacional.

La modernización del sector cobró un impulso definitivo a partir de 1991, gracias a la desregulación económica que eliminó el monopolio estatal en la comercialización de granos y permitió la inversión privada en infraestructura portuaria. Hasta ese momento, el control de la Junta Nacional de Granos y la gestión pública de los muelles actuaban como un cuello de botella para el crecimiento. La apertura dio inicio a una competencia masiva entre empresas locales y multinacionales por construir plantas de molienda con tecnología de punta y economías de escala inigualables, transformando las riberas del río Paraná en el complejo aceitero más eficiente del planeta.

Un pilar fundamental de esta ventaja competitiva ha sido la adecuación de la Hidrovía. El dragado y balizamiento del río, financiados por el sector privado a través de peajes, permitieron que buques de gran calado lleguen directamente hasta las terminales de Rosario. Antes de estas obras, la logística argentina dependía de costosos trasbordos en alta mar o de completar cargas en puertos de aguas profundas en el sur bonaerense. Hoy, el sistema es tan robusto que no solo procesa la cosecha nacional, sino que recibe soja de Paraguay, Bolivia y Brasil para industrializarla y reexportarla con valor agregado en forma de harinas, aceites y biocombustibles.

Este ecosistema productivo combina la presencia de gigantes globales con la solidez de grandes cooperativas argentinas y la reciente incursión de capitales asiáticos, como el grupo chino COFCO. La integración de puertos privados con plantas de procesamiento adyacentes minimiza los costos de transporte y optimiza los tiempos de despacho, blindando la competitividad del país frente a sus competidores. Con una demanda de proteínas en constante aumento, la industria aceitera se ratifica como el motor económico más dinámico de Argentina, operando como una verdadera “fábrica a cielo abierto” conectada con el mundo.

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