El balance final de 2025 para la industria cárnica argentina arroja una cifra que, a primera vista, parece desafiar la lógica productiva: las exportaciones generaron un 28,1% más de dólares que el año anterior, alcanzando un récord de ingresos para el país. Lo curioso es que este hito no se logró enviando más barcos con mercadería, sino todo lo contrario. El volumen exportado cayó un 7,2%, pero fue el “efecto precio” el que salvó la partida. La tonelada promedio se disparó casi un 38%, pasando de los 3.917 dólares en 2024 a superar la barrera de los 5.400 dólares en el último ciclo, según datos del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (Ipcva).
Esta reconfiguración del negocio responde a una mezcla de factores climáticos y estratégicos. La falta de hacienda disponible, consecuencia directa de los ciclos de sequía acumulados, limitó la faena y redujo la oferta exportable. Sin embargo, los frigoríficos argentinos supieron leer el tablero internacional, desplazando parte de su stock desde una China más retraída hacia mercados que pagan por calidad. Países como Estados Unidos, Israel y los miembros de la Unión Europea traccionaron la demanda, abonando valores superiores a los promedios históricos por cortes premium, lo que permitió amortiguar la menor cantidad de cabezas enviadas a gancho.
El escenario plantea un dilema para la mesa de los argentinos y para la sostenibilidad del stock. Mientras el valor del novillo de exportación se consolida por encima de los 5,20 dólares por kilo, la ganadería nacional entra en una fase de retención para intentar recuperar las existencias perdidas. Este proceso de “reconstrucción” del rodeo sugiere que la oferta seguirá siendo ajustada durante 2026, lo que mantendrá los precios internacionales en niveles firmes. La aparición de nuevos jugadores en el horizonte, como Canadá, refuerza la idea de que la carne argentina ha dejado de competir por volumen para enfocarse en la trazabilidad y el valor agregado.
Más allá del éxito contable que representan los 3.808 millones de dólares ingresados, el sector advierte que se atraviesa una transición compleja. La faena cayó un 2,5% interanual y el consumo interno, aunque mostró una leve recuperación, sigue lidiando con el impacto de la puja de precios en el mostrador. El desafío para el próximo año será equilibrar esta bonanza exportadora con la necesidad de repoblar los campos, en un mundo que parece estar dispuesto a pagar cada vez más por el diferencial de la genética y el sabor del campo argentino.