La crisis climática está mutando de una amenaza ambiental a un colapso socioeconómico sistémico. Según el reciente informe publicado en la revista Nature Sustainability, si el planeta alcanza el umbral de los 2°C por encima de los niveles preindustriales, el 41% de la humanidad vivirá en condiciones de calor extremo. Este salto es alarmante si se considera que, en el año 2010, ese porcentaje alcanzaba apenas al 23% de la población mundial.
El impacto de este fenómeno no será equitativo. Los países ubicados en el cinturón ecuatorial y las latitudes tropicales son los que enfrentan la mayor vulnerabilidad. En nuestra región, naciones como Brasil, Venezuela y Paraguay lideran los índices de riesgo, seguidas de cerca por el bloque centroamericano compuesto por Honduras, Guatemala y Nicaragua. No se trata solo de termómetros elevados; es lo que los especialistas denominan como una “pobreza sistémica de refrigeración”, donde la falta de recursos impide la adaptación básica.
La productividad global también se encuentra bajo asedio. En América Latina, las pérdidas laborales asociadas al calor alcanzaron en 2024 los 52.000 millones de dólares, afectando principalmente a los sectores de la agricultura y la construcción. Radhika Khosla, experta de Oxford, advierte sobre un círculo vicioso devastador: el intento de enfriar hogares mediante el uso de combustibles fósiles acelera el efecto invernadero, lo que a su vez genera olas de calor más frecuentes e intensas.
Incluso los países tradicionalmente fríos, como Canadá o Suecia, sufrirán aumentos de hasta un 200% en sus días de calor sofocante. Sus infraestructuras, históricamente diseñadas para retener el calor durante el invierno, se convierten hoy en trampas térmicas que desbordan los sistemas sanitarios. En contraste, la Argentina no integra el “top 20” de los países más perjudicados, aunque la tendencia regional muestra un crecimiento sostenido de la mortalidad vinculada a las altas temperaturas desde el año 2008.
La encrucijada del 2050 exige más que medidas paliativas; requiere una transformación en la arquitectura urbana y la matriz energética. La apuesta por métodos pasivos de enfriamiento, como la reforestación de ciudades y la ventilación natural, se presenta como la única vía para evitar que el progreso social se derrita bajo el sol. En última instancia, la capacidad de resiliencia de las naciones no se medirá por cuántos equipos de refrigeración puedan instalar, sino por su habilidad para rediseñar un estilo de vida que ya no es compatible con el termómetro actual.