La relación entre Washington y La Habana ha ingresado en una fase de hostilidad que no se registraba desde los momentos más álgidos de la Guerra Fría. El presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que define al régimen cubano como una “amenaza inusual y extraordinaria”, un rótulo legal que le permite al Ejecutivo estadounidense activar mecanismos de sanción económica de alto impacto sin necesidad de pasar por el Congreso.
Lo que distingue a este decreto de los antecedentes de administraciones como las de Clinton, Bush o Biden es su carácter punitivo hacia terceros países. La Casa Blanca instruyó la aplicación de aranceles adicionales a cualquier nación que suministre petróleo a Cuba, ya sea de forma directa o indirecta. Esta maniobra busca asfixiar la ya crítica matriz energética de la isla, que se encuentra en una situación de vulnerabilidad extrema tras la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, su principal proveedor histórico.
El argumento central de la administración Trump es la profundización de los vínculos de Cuba con potencias adversarias como Rusia, China e Irán. Según el documento oficial, la isla no solo alberga la base de espionaje rusa más importante fuera de su territorio, sino que también facilita infraestructura para capacidades militares chinas. El texto es lapidario al acusar al régimen de Miguel Díaz-Canel de brindar refugio a grupos como Hamas y Hezbollah, funcionando como un enclave de desestabilización en el hemisferio occidental.
Más allá de la geopolítica, la orden hace hincapié en la situación interna de derechos humanos, denunciando la tortura de opositores y el bloqueo sistemático al acceso a internet. Sin embargo, el corazón de la medida es el chantaje comercial: los países que decidan auxiliar energéticamente a la isla verán encarecidas sus exportaciones hacia Estados Unidos mediante tarifas ad valorem.
Este nuevo paradigma de “presión máxima” coloca a Cuba en una cuenta regresiva. Con reservas de combustible que, según estimaciones, apenas cubrirían las próximas dos semanas, el país se enfrenta a un apagón logístico y social de consecuencias imprevisibles. Washington ha dejado claro que la única forma de levantar estas sanciones es un giro radical en la política exterior cubana y el fin de su alineamiento con el eje de potencias hostiles a la Casa Blanca.