Torino Norte: 58 años de mística parrillera y pizza “lava” en el corazón de Villa Crespo

En la esquina estratégica de Juan B. Justo y San Martín, una institución porteña resiste el paso del tiempo y las modas. Fundada en 1968 bajo el tradicional modelo de sociedades gallegas, Torino Norte se mantiene como el templo de la abundancia: masas esponjosas, queso volcánico y una carta que rinde culto a la identidad …

En la intersección de dos de las arterias más transitadas de la ciudad, un horno encendido desde 1968 marca el pulso de un barrio que se niega a olvidar sus raíces. Torino Norte no es simplemente una pizzería; es un monumento a la identidad gastronómica de Buenos Aires, esa que se forjó en la década del 30 y que hoy, en plena era de la pizza napolitana de bordes aireados, defiende con orgullo el dogma del molde, la media masa y el chimichurri.

Nacida bajo el tradicional esquema de sociedades gallegas que poblaron de locales la geografía porteña, Torino Norte ha sabido mantenerse fiel a una estética y un sabor que los vecinos de Villa Crespo y Paternal consideran propio. Con salones amplios, mozos de oficio y el “dragón” (su horno) a la vista de todos, el local ofrece una carta que es un viaje por la historia del paladar argentino: 51 variantes que van desde la muzzarella clásica hasta creaciones que desafían la moderación.

La propuesta de la casa se apoya en la generosidad del queso, protagonista absoluto que se derrama sobre masas de fermentación impaciente pero efectiva. Entre sus hitos, destaca la fugazzeta rellena, una pieza de ingeniería calórica con cebollas perfectamente quemadas y parmesano gratinado, y la audaz pizza gramajo, un homenaje circular al revuelto más famoso de los bodegones, que combina huevos, papas pay y jamón sobre una base de muzzarella.

Sin embargo, el espíritu de Torino Norte trasciende lo estrictamente culinario. En un mundo que busca la sofisticación constante, este rincón ofrece la seguridad de lo conocido. Aquí, la pizza no es una “imitación”, sino una herramienta de resistencia cultural. Como ocurre con las históricas Güerrin o El Cuartito, el local funciona como un refugio de abundancia y placer auténtico, donde incluso el postre, la “copa payaso”, se presenta como un desafío a las leyes de la gravedad con sus cinco bochas de helado.

A 58 años de su fundación, la vigencia de este espacio demuestra que la pizzería tradicional porteña no es una reliquia del pasado, sino un organismo vivo que sigue “evangelizando” a nuevas generaciones a través de la sencillez y el respeto por el oficio.

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