La relación entre la dieta moderna y la salud del corazón ha alcanzado un nuevo punto de alerta según las últimas investigaciones médicas. Un estudio exhaustivo sobre hábitos alimentarios determinó que el consumo regular de alimentos ultraprocesados puede incrementar hasta en un 47% el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares. Esta categoría incluye productos con formulaciones industriales que contienen cinco o más ingredientes, entre los que abundan colorantes, saborizantes, grasas trans y azúcares refinados que el cuerpo humano procesa con dificultad.
Los especialistas señalan que el peligro no radica únicamente en la presencia de grasas o sodio, sino en la naturaleza misma del procesamiento. Estos alimentos están diseñados para ser hiperpalatables y duraderos, lo que altera los mecanismos de saciedad y genera procesos de inflamación crónica en las arterias. Según el informe, quienes basan su dieta en snacks, bebidas azucaradas, panificados industriales y platos listos para calentar presentan una mayor predisposición a desarrollar hipertensión y endurecimiento arterial, factores determinantes para el infarto de miocardio.
En el contexto regional, el avance de los ultraprocesados es motivo de preocupación para las autoridades de salud. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha advertido que estos productos están desplazando a los alimentos frescos y naturales en la mesa de los ciudadanos debido a su bajo costo y conveniencia. Sin embargo, el “ahorro” inicial se traduce en un alto costo sanitario a largo plazo, ya que las patologías cardíacas son actualmente la principal causa de muerte no transmisible en el país, superando incluso a los accidentes de tránsito.
La investigación también pone el foco en los efectos metabólicos colaterales. El consumo de estos aditivos provoca picos de insulina que, sostenidos en el tiempo, derivan en resistencia a la insulina y diabetes tipo 2, condiciones que actúan como multiplicadores del daño cardiovascular. Los cardiólogos recomiendan una transición urgente hacia la “comida real”, priorizando el consumo de frutas, verduras, legumbres y proteínas magras que no hayan pasado por procesos industriales complejos que despojan a la materia prima de sus nutrientes esenciales.
Para frenar esta tendencia, los expertos instan a reforzar el cumplimiento de la Ley de Etiquetado Frontal, herramienta clave para que el consumidor identifique rápidamente el exceso de nutrientes críticos. La educación alimentaria desde edades tempranas se vuelve fundamental, dado que los patrones de consumo establecidos en la infancia suelen persistir en la adultez. Ante un riesgo del 47%, la recomendación médica es contundente: volver a la cocina casera es hoy la estrategia preventiva más potente para salvar vidas y proteger el sistema circulatorio nacional.