El impacto de un ataque canino trasciende la curación de los tejidos. Según una investigación basada en reclamos legales en Inglaterra y Gales, el 15% de las víctimas recibió un diagnóstico formal de enfermedad mental, incluyendo trastorno de estrés postraumático (TEPT) y fobias específicas. Este panorama sanitario se agravó por el incremento de ingresos hospitalarios en el Reino Unido, los cuales pasaron de 4,7 por cada 100.000 personas en 1998 a 18,7 en 2023.
El costo del descuido
Los datos demostraron que la mayoría de los incidentes ocurrieron con perros que no estaban sujetos. En espacios públicos, el 86% de los percances involucraron animales sin correa, a pesar de estar bajo la supervisión de sus dueños.
Esta falta de control físico derivó no solo en lesiones físicas, sino en un fenómeno de ausentismo laboral significativo: más del 56% de los afectados debió abandonar sus actividades profesionales por periodos que, en casos extremos, alcanzaron los cinco años.
La vulnerabilidad se distribuyó de manera desigual según el contexto. Los repartidores representaron el 28% de los mordidos, generalmente atacados al realizar entregas en domicilios donde el animal escapó por la puerta principal.
Por otro lado, las mujeres mostraron el doble de probabilidades que los hombres de sufrir incidentes sin mordedura, como atropellos o caídas que resultaron en fracturas y daños en ligamentos.