El sector vitivinícola argentino atraviesa uno de sus momentos más críticos de las últimas décadas. Según datos recientes de la industria, el consumo de vino per cápita en el país ha alcanzado niveles históricamente bajos, profundizando una tendencia decreciente que no parece encontrar piso. Lo que antes era un componente indispensable de la dieta y la cultura social de los argentinos, hoy se enfrenta a una barrera económica que ha desplazado al vino de la canasta básica de muchos hogares hacia la categoría de consumo ocasional o de lujo.
Uno de los factores determinantes de esta caída es la inflación acumulada, que ha impactado con mayor fuerza en el precio de las botellas en góndola que en el promedio de los ingresos. El constante aumento de los insumos —desde botellas de vidrio y corchos hasta la logística— obligó a las bodegas a trasladar los costos al consumidor, generando un efecto expulsivo. Ante este panorama, el público ha optado por migrar hacia bebidas con precios más competitivos o con presentaciones que permiten un control mayor del gasto, como la cerveza o las bebidas gaseosas.
Sin embargo, la crisis no es solo económica, sino también generacional y cultural. Las nuevas camadas de consumidores, principalmente los “centennials” y “millennials”, muestran una marcada preferencia por bebidas más livianas, refrescantes y con menor graduación alcohólica. El vino, tradicionalmente asociado a rituales más formales o comidas pesadas, lucha por aggiornarse mediante nuevos formatos como el vino en lata o los cócteles listos para beber, aunque estos intentos aún no logran compensar la pérdida de volumen del formato tradicional.
Desde las provincias productoras, como Mendoza y San Juan, existe una creciente preocupación por el excedente de stock. La baja en el mercado interno, que históricamente absorbe cerca del 70% de la producción nacional, pone a las bodegas medianas y pequeñas en una situación de extrema vulnerabilidad. La exportación, si bien sigue siendo una vía de escape, se ve afectada por un contexto de competitividad global feroz y costos de producción internos que dificultan la colocación del producto en mercados extranjeros a precios atractivos.
Para revertir esta tendencia, la industria apuesta a una reinvención comunicacional y a la diversificación de productos. El desafío consiste en desmitificar el consumo de vino, quitándole la rigidez de las reglas de etiqueta y acercándolo a momentos de consumo más relajados y cotidianos. Sin una recuperación del salario real y una estrategia clara para reconectar con los jóvenes, el sector advierte que el vino corre el riesgo de seguir perdiendo terreno en una mesa argentina que, históricamente, lo tuvo como protagonista indiscutido.