Un sistema del siglo XIX
El Índice de Masa Corporal (IMC) dominó la medicina desde la década de 1970 como el estándar para evaluar la salud mediante el peso y la altura. Sin embargo, su origen se remonta a 1830, cuando el matemático Adolphe Quetelet lo diseñó como una herramienta estadística para poblaciones, no para individuos. Pese a su simplicidad, la comunidad científica actual advirtió que esta cifra no distingue entre masa muscular, densidad ósea y tejido adiposo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) adoptó este sistema en 1997 para monitorear la obesidad. Desde entonces, médicos de todo el mundo lo utilizaron de forma automática. El problema radica en que el cálculo básico se fundamentó originalmente en datos de hombres blancos europeos de mediana edad, lo que generó sesgos significativos en mujeres y otros grupos étnicos.
El riesgo de la grasa invisible
La investigación médica contemporánea demostró que el volumen corporal no es el principal factor de riesgo, sino la ubicación de la grasa. La grasa visceral, acumulada alrededor de los órganos internos, es la que realmente se vincula con la diabetes tipo 2, la hipertensión y enfermedades cardiovasculares.
Francesco Rubino, investigador del King’s College de Londres, sostuvo que no existe coherencia médica en utilizar el IMC como único criterio diagnóstico. Un atleta con alta masa muscular puede ser catalogado erróneamente con “sobrepeso“, mientras que una persona con peso “normal” podría presentar niveles peligrosos de grasa interna y marcadores metabólicos deficientes.