No se trata de fracasos idénticos ni comparables en términos estrictos. Pero sí de vidas paralelas que ayudan a entender cómo funcionan los ciclos del liderazgo en la Argentina contemporánea.
El poder como costumbre
Marcelo Tinelli fue durante más de dos décadas el hombre más influyente de la televisión abierta. No sólo medía rating: marcaba agenda, lanzaba carreras, condicionaba decisiones empresariales y políticas. Su apellido era una marca, un salvoconducto. Todo pasaba por él. Y cuando todo pasa por uno solo, el éxito deja de ser un mérito para convertirse en una costumbre.
Marcelo Gallardo vivió algo parecido en el fútbol. En Club Atlético River Plate, armó una era dorada. Ganó, reinventó, compitió siempre. Su palabra valía más que cualquier dirigencia. Elegía jugadores, definía estilos, marcaba tiempos. River era Gallardo y Gallardo era River. La simbiosis parecía perfecta.
El problema de ese tipo de liderazgo no es el éxito: es la incapacidad de advertir cuándo el ciclo terminó.
Confundir autoridad con infalibilidad
Tinelli creyó que su intuición seguía siendo suficiente en un mundo que ya no miraba televisión como antes. Persistió en formatos agotados, en apuestas tardías, en un esquema empresarial que se sostenía más por nostalgia que por números. Cuando el rating dejó de acompañar, ya era tarde para reinventarse sin costos.
Gallardo, por su parte, pareció convencido de que su historia lo protegía del presente. Volvió a River Plate con la idea de retomar el control total, pero el fútbol argentino ya era otro: planteles más cortos, dirigencias más cautas, hinchas menos pacientes. El aura seguía intacta, pero los resultados no. Y en el deporte, la paciencia es un bien escaso incluso para los ídolos.
Ambos confundieron respeto con cheque en blanco.
El entorno que no avisa
Hay otro punto en común: los entornos que dejaron de decir la verdad. Tinelli se rodeó durante años de personas que dependían de su permanencia. Nadie iba a decirle que el programa ya no funcionaba, que el humor envejecía mal, que los medios de comunicación habían cambiado para siempre.
Gallardo también tuvo —y tiene— un entorno reverencial. Cuestionarlo era casi una herejía. Pero cuando el DT decide mal, insiste mal o lee tarde los partidos, alguien debería advertirlo. Eso no pasó. O pasó demasiado bajo.
El poder prolongado suele generar silencio alrededor.
El golpe simbólico
El fracaso de Tinelli no es sólo empresarial. Es simbólico: representa el fin de una era de la TV como centro cultural del país. Su caída personal coincide con la caída de un sistema completo.
El de Gallardo es distinto pero igual de fuerte: demuestra que ni siquiera el entrenador más exitoso de la historia reciente de River está a salvo del desgaste. Que el pasado no juega. Que el crédito se agota.
En ambos casos, el problema no fue caer, sino no saber cuándo cambiar.
¿Final o aprendizaje?
Tinelli y Gallardo no están terminados. Pero ya no ocupan el lugar de antes. Y eso, para quienes construyeron su identidad desde el mando absoluto, suele ser el golpe más duro.
Tal vez la verdadera lección de estas vidas paralelas sea una advertencia para otros liderazgos: el éxito no garantiza lucidez. Y el aplauso prolongado, lejos de proteger, puede anestesiar.
En la Argentina, donde solemos idolatrar y destruir con la misma intensidad, Tinelli y Gallardo funcionan hoy como espejos. No del fracaso ajeno, sino de una verdad incómoda: nadie es eterno cuando deja de escuchar al presente.