La Princesa Ana, hija de la difunta Reina Isabel II y el Príncipe Felipe de Edimburgo, celebró sus 75 años consolidada como un pilar de estabilidad y compromiso dentro de la monarquía británica. Su vida, marcada por una ética de trabajo incansable y una aversión a la ostentación, la distingue como una figura inquebrantable en la Casa Windsor. Para ella, el retiro no es una opción, y su sentido del deber, heredado de sus padres, se mantiene firme.
Desde joven, la Princesa Ana mostró una personalidad fuerte y un espíritu pionero. Fue la primera miembro de la realeza en competir en unos Juegos Olímpicos (Montreal 1976 como jinete) y en aparecer como concursante en un programa de televisión de la BBC. Su dedicación a causas humanitarias incluso le valió una nominación al Premio Nobel de la Paz en 1990. Su resiliencia es notable; un año después de un incidente ecuestre que la llevó al hospital, retomó sus actividades con la misma tenacidad.
La ética de trabajo de la Princesa Ana es legendaria, liderando consistentemente los compromisos oficiales de la monarquía, superando incluso al Rey Carlos III. Su agenda se ha expandido, especialmente ante la reducción de miembros activos de la familia real, manteniendo viva la máxima de su madre: la realeza “debe ser visible para ser creída”.
En su vida personal, la Princesa Ana también rompió moldes. Optó por no dar títulos honoríficos a sus hijos, Peter y Zara, permitiéndoles una vida más “normal”. Su vida amorosa ha sido poco convencional, incluyendo un matrimonio actual con el vicealmirante Sir Timothy Laurence y una pasada relación con Andrew Parker Bowles, quien luego se casaría con la Reina Camila. La Princesa Ana es conocida por su negativa a hacer la genuflexión obligatoria a Camila, argumentando que es “consorte, no reina”.
En resumen, la Princesa Ana ha forjado una identidad única en la monarquía, reescribiendo las expectativas de lo que significa ser una princesa moderna. A sus 75 años, sigue siendo un símbolo de fiabilidad y consistencia para la Casa Windsor, con un inquebrantable sentido del deber, franqueza y resistencia a las formalidades excesivas.