Las revelaciones sobre contactos reservados entre el oficialismo venezolano y el gobierno de Estados Unidos abrieron una nueva lectura sobre los movimientos internos previos a la salida de Nicolás Maduro del poder. Según reconstrucciones periodísticas basadas en múltiples fuentes con acceso a las negociaciones, Delcy Rodríguez habría ofrecido cooperación a Washington para facilitar la estabilización del país en un escenario posterior a la caída del mandatario, sin involucrarse de manera directa en la operación que culminó el 3 de enero.
Los intercambios, siempre indirectos y fuera de los canales formales, habrían comenzado en el otoño boreal de 2025, en un contexto de deterioro acelerado de la situación política y económica venezolana. A través de intermediarios diplomáticos —entre ellos actores vinculados a Catar, un socio estratégico de Estados Unidos—, Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez transmitieron un mensaje claro: no bloquearían una transición y colaborarían para evitar un colapso institucional una vez desplazado Nicolás Maduro.
Las conversaciones se intensificaron luego de una llamada telefónica fallida a fines de noviembre, en la que desde Washington se planteó sin rodeos la necesidad de que Maduro dejara el poder. Esa exigencia fue rechazada públicamente, pero puertas adentro activó un cambio de clima dentro del oficialismo. Según una de las fuentes citadas, a partir de ese momento algunos actores centrales comenzaron a asumir que el ciclo político estaba agotado. “Maduro tiene que irse”, fue la frase que marcó un punto de inflexión en los intercambios.
Desde el lado estadounidense, el escepticismo inicial fue evidente. El entonces secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, Marco Rubio, desconfiaba de cualquier negociación con figuras centrales del chavismo. Sin embargo, con el correr de los contactos, las promesas de cooperación de Delcy Rodríguez empezaron a ser vistas como una vía pragmática para evitar escenarios de violencia masiva, vacío de poder o guerra civil. La evaluación no implicaba aval político, sino una lectura instrumental: garantizar gobernabilidad mínima en el “día después”.
En paralelo, otros referentes del núcleo duro también exploraron canales de diálogo. Diosdado Cabello, ministro del Interior y figura clave en el control de las fuerzas de seguridad, habría mantenido conversaciones preliminares meses antes, aunque sin llegar a compromisos concretos. En ese tablero fragmentado, Delcy Rodríguez apareció como la interlocutora más consistente, con llegada a distintos actores internacionales y capacidad de articulación.
Los contactos no se limitaron a gestos políticos abstractos. Según las fuentes, incluyeron temas operativos sensibles, como la coordinación de vuelos quincenales de deportación, la situación de ciudadanos venezolanos detenidos en terceros países y la eventual liberación de presos políticos como señal previa a cualquier transición. Cada punto implicaba tensiones internas y exigía garantías cruzadas entre actores que desconfiaban mutuamente.
Catar jugó un rol decisivo como facilitador silencioso. En Doha, Delcy Rodríguez era considerada una interlocutora confiable, con vínculos personales construidos a lo largo de los años. Esa cercanía permitió habilitar conversaciones que no podían sostenerse de manera abierta. La relación se profundizó cuando el emirato realizó un gesto sin precedentes hacia Washington, al donar a la administración Trump un avión de lujo valuado en 400 millones de dólares, un movimiento leído como señal de alineamiento estratégico que fortaleció su capacidad de mediación.
En octubre, Rodríguez fue un paso más allá. Según informó el Miami Herald, intentó instalar un esquema de transición encabezado por ella misma, condicionado a una salida pactada de Maduro, incluso con la posibilidad de un refugio en el exterior. La iniciativa fracasó rápidamente y la funcionaria salió a desmentirla en público, pero dejó expuesta la existencia de un debate interno más profundo de lo que admitía el discurso oficial.
Otro elemento clave fue el sector energético. Fuentes cercanas a las negociaciones aseguran que Delcy Rodríguez se mostró dispuesta a recomponer vínculos con empresas estadounidenses y facilitar acuerdos petroleros. En un país donde la energía sigue siendo la principal moneda de negociación externa, ese gesto fue interpretado como una señal de pragmatismo extremo.
Pese a todo, las fuentes coinciden en un punto: Rodríguez nunca aceptó traicionar activamente a Maduro. El temor a represalias fue determinante. Cuando helicópteros de ataque estadounidenses sobrevolaron Caracas a comienzos de enero, Delcy desapareció del espacio público. Circularon versiones sobre una huida a Moscú, pero dos fuentes aseguran que se encontraba en la Isla Margarita, lejos del centro del poder, a la espera de que el desenlace se definiera sin su intervención directa.
Así, la figura de Delcy Rodríguez emerge en estas revelaciones como una operadora del repliegue, más que como protagonista del quiebre: alguien que buscó garantizar su supervivencia política y personal en un escenario que ya daba por perdido.