La Patagonia argentina enfrenta una de sus crisis ambientales más extremas de los últimos años. La comunidad de Cholila, en Chubut, permaneció en alerta máxima durante la madrugada del lunes, cuando el frente de fuego cercó la localidad con muros de llamas que superaron los 60 metros de altura. Las imágenes de un cielo teñido de rojo sangre y el avance incontenible de las brasas reflejan una situación desesperante para las familias que, junto a brigadistas y voluntarios, trabajaron a contrarreloj para improvisar cortafuegos. “Hubo un rato en que no tuvimos nada que hacer”, confesó Oscar Cárdenas, un vecino que sintetizó la impotencia ante una velocidad de propagación que devoró cualquier estrategia de defensa.
El último reporte del Servicio Provincial de Manejo del Fuego confirmó que el incendio, originado en el Parque Nacional Los Alerces y ahora en jurisdicción provincial (sector Villa Lago Rivadavia), mantiene un comportamiento extremo. Durante el mediodía del domingo, el incremento del viento —con ráfagas de hasta 50 km/h— generó múltiples focos secundarios que saltaron las líneas de control manual construidas en los días previos. La visibilidad nula por el denso humo impidió que los medios aéreos operaran con normalidad, dejando la batalla casi exclusivamente en manos de las cuadrillas terrestres.
Aunque una providencial rotación del viento alejó parcialmente el peligro inminente de las viviendas en Cholila, el alivio es solo geográfico. El nuevo rumbo de las llamas apunta ahora directamente hacia Esquel, poniendo en alerta a una de las ciudades más importantes de la cordillera chubutense. Los brigadistas se enfocan hoy en tareas críticas de enfriamiento y limpieza de terreno en la zona de Villa Lago Rivadavia y la Estancia Los Murmullos, intentando anticiparse a las ráfagas previstas para este martes, que podrían reactivar focos latentes.
El desastre ya ha consumido más de 35.000 hectáreas de bosque nativo, flora y fauna autóctona, un patrimonio natural cuya recuperación demandará décadas. Mientras las autoridades provinciales y nacionales coordinan recursos para contener el avance, la población civil se organiza para asistir a quienes lo han perdido todo. La Patagonia hoy no solo arde por el fuego, sino por la falta de recursos estructurales para enfrentar un fenómeno que, potenciado por la sequía, amenaza con redibujar el mapa de la región bajo las cenizas.